viernes, 8 de enero de 2016

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“La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador. Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con toda atención.

La palabra "ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay quienes someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios. Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, sino porque está demasiado enredada en las realidades humanas, puede dificultar a veces el acceso del hombre a Dios” (Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, 19).

Edith Stein, hija de padres judíos; a los quince años de edad decidió renunciar a su fe familiar y se convirtió en atea. Pero una noche, mientras visitaba a unos amigos, leyó la biografía de Santa Teresa de Jesús, al amanecer sabía lo que debía hacer: se convertiría en cristiana católica, inmediatamente buscó la parroquia más cercana y pidió al sacerdote que la bautizara. Pocos años después de su conversión se hizo religiosa, murió en un campo de concentración durante la persecución judía.

“Unos magos de Oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?” (Mateo 2, 1-2). Hace más de dos mil años Dios “envió a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado” (Romanos 8, 3). Jesús está presente ahora, no sólo en su Palabra que es la Biblia, en cada uno de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía; sino también en cada ser humano, desde el momento de su concepción hasta su muerte. La naturaleza misma es un reflejo del Amor y presencia de Dios entre nosotros, por eso, necesitamos cuidarla y hacer buen uso de ella.

¿Por qué muchos cristianos reconocen al Hijo de Dios en el Niño nacido de Santa María, en su Palabra que es la Biblia, los Sacramentos; pero se niegan a ver su presencia en las personas que les rodean?


“The root reason for human dignity lies in man's call to communion with God. From the very circumstance of his origin man is already invited to converse with God. For man would not exist were he not created by Gods love and constantly preserved by it; and he cannot live fully according to truth unless he freely acknowledges that love and devotes himself to His Creator. Still, many of our contemporaries have never recognized this intimate and vital link with God, or have explicitly rejected it. Thus atheism must be accounted among the most serious problems of this age, and is deserving of closer examination.

The word atheism is applied to phenomena which are quite distinct from one another. For while God is expressly denied by some, others believe that man can assert absolutely nothing about Him. Still others use such a method to scrutinize the question of God as to make it seem devoid of meaning. Many, unduly transgressing the limits of the positive sciences, contend that everything can be explained by this kind of scientific reasoning alone, or by contrast, they altogether disallow that there is any absolute truth. Some laud man so extravagantly that their faith in God lapses into a kind of anemia, though they seem more inclined to affirm man than to deny God. Again some form for themselves such a fallacious idea of God that when they repudiate this figment they are by no means rejecting the God of the Gospel. Some never get to the point of raising questions about God, since they seem to experience no religious stirrings nor do they see why they should trouble themselves about religion. Moreover, atheism results not rarely from a violent protest against the evil in this world, or from the absolute character with which certain human values are unduly invested, and which thereby already accords them the stature of God. Modern civilization itself often complicates the approach to God not for any essential reason but because it is so heavily engrossed in earthly affairs” (Pastoral Council on the Church in the Modern World, Gaudium et Spes, 19).

Edith Stein, born into an observant Jewish family, at just fifteen years of age decided to renounce her faith and become an atheist. One evening Edith picked up an autobiography of St. Teresa of Avila and read this book all night. Immediately she knew what she had to do. On January 1st 1922, Edith Stein was baptized. A few years after her conversion, she joined the Carmelite Convent of Cologne, and was known as Sister Teresia Benedicta a Cruce - Teresa, Blessed of the Cross. In 1942 Edith Stein was killed while in the Auschwitz concentration camp during the Nazi persecution.

“When Jesus was born in Bethlehem of Judea, in the days of King Herod, behold, magi from the east arrived in Jerusalem, saying, “Where is the newborn king of the Jews?” (Matthew2:1-2). More than two thousand years ago, God “sent his own Son in the likeness of sinful flesh” (Romans 8:3). Jesus is present now, not only in His Word which is the Bible, in each of the Sacraments, especially the Eucharist; but also in every human being, from the moment of conception until death. Nature itself is a glint of the Love and presence of God among us that is why we must care for and make good use of it.

Why do many Christians recognize the Son of God in the Child born from Mary, in His Word which is the Bible, and the Sacraments; but refuse to see His presence in the people that surround them?


Fr. Marco Lopez

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